Crónica: Circo Mágico de Chile


 La magia y riqueza de un espectáculo pobre
Sin animales a bordo, sin el apoyo del gobierno, sin conocer su procedencia; durante 30 minutos, más  de 100 personas  ríen bajo una carpa en colores chilenos: blanco, rojo y azul.  A continuación, la historia del Circo Mágico de Chile:
Por: Malorie Jane Núñez Terán



Una serie de artefactos antiguos descoloridos por el tiempo y la pobreza, una carpa tricolor desprovista de animación, un letrero feliz encomendado a Dios para ser usado por muchos años más, 25 personas humildes guiadas en la exploración de talentos inagotables, y un dueño nómada especialista en múltiples tareas de organización, espectáculo, comedia y magia, adornan la fachada y el interior malgastado de un circo pobre acorralado por la necesidad, y embellecido por el sueño humano de sembrar sonrisas en Colombia.

Es ésta la realidad mágica que viven estos jóvenes andariegos, gitanos de paso grande que quieren desbordar con sus presentaciones la sonrisa de miles de adultos y niños, que pagan a precio de confite una entrada a las interiores fachadas ambulantes de sus animadores pasajeros. Buscan incesantes la felicidad, consienten de antemano un precio asequible que casi siempre se convierte en una entrada gratis concedida por la sonrisa de uno de los payasos cuya tarea en un momento de la noche, fue la de vender las boletas.
Antes de la función
La fila era interminable, eterna. Pero había  distracciones pagas para olvidar la fila que tenía más de 120 personas, con las que los niños jugaban, siendo así un dolor de cabeza para los padres, todos los juegos eran -de plata-, en la fila había un niño que lloraba sin cesar pidiéndole dinero a su madre, la que no tenía ni un peso porque todo  lo había gastado en las entradas. El niño quería un juguete del tira-monedas, solo necesitaba una moneda. –Pero cómo quieres que haga si no tengo plata, ya mucho hago con traerte aquí- Le decía su madre con un profundo dolor que mostraba en sus ojos, queriéndole dar dinero a su hijo, pero tal vez se encontraba en una firme amenaza, o era complacer a su hijo, o era quedarse sin dinero para la comida de mañana. Es este el conflicto que viven la mayoría de personas que entran a este circo.
“Un tiro, y buena suerte”
Decía el vendedor del juego, que también era el mago en el espectáculo. Estaba sentado en una canasta de gaseosas, acompañado de una enorme escopeta negra manchada de rojo, azul y amarillo, parece que la hubiesen pintado, pero de estética no tenía ni una rayita. Sin embargo, a los niños no les importaba. Solo tenían que dar 500 pesos para poder disparar con la escopeta en una tablilla vieja con un punto en la mitad, el que debía acertar al disparar.
También vendía pulseras trenzadas de todos los colores por mil pesos, una mujer con el seno afuera, amamantando a su bebé de 3 meses, el que junto a ella soporta el frio  de la noche. Pero ya se veía acostumbrado, eran los primeros tres meses de su vida  en un circo y  quién lo ve se atrevería a  pronosticar que su vida entera girará en torno a esto; tal es el caso de la mayoría de artistas en este circo.
La función
El anfiteatro abrió sus puertas. Ahora reciben las boletas arrugadas y gastabas, las emociones de todos se encuentran, por fin vamos a disfrutar del circo.
 “Señoras y señores; niños y niñas; Bienvenidos todos al Circo Mágico de Chile. Recibamos con un fuerte aplauso al hombre de las alturas”.
Medía menos de metro y medio, su nombre es Carlos Laneta; solo llegó hasta octavo de bachillerato cuando el mundo del circo le abrió las puertas, le ofrecieron el arte y se nutrió de todo un espectáculo. A sus 23 años no demuestra más placer que el de hacer reír y emocionar a los niños. Aunque teme hablar con las personas –Porque no sabe hablar- lo que mejor sabe hacer, lo hace con todo la pasión, montado en sus cuerdas marrones a unos 10 metros de la alfombra, que tiene pinta de tener la misma edad del dueño: 40 años y un poco más, hace un par de maromas y se deja llevar del viento, da una vuelta y se dirige a la parte más alta de la carpa, causa miedo, los niños gritan y al mismo tiempo ríen.
“Parecen todos chilenos”, expresa una mujer acompañada de sus dos hijos a su amiga, las que parecen tener la misma edad, 20 años.
“¡¡¡No!!! ¡Son venezolanos!”.
Ni chilenos, ni venezolanos, son colombianos y no tienen el apoyo del gobierno, el que les exige tantos papeles que sobrepasan su presupuesto.
“No hay tiempo para tantos papeles”.
“Si hacemos la vuelta para los papeles, estamos perdiendo sonrisas”.
Pronuncian angustiosos y preocupados, saben que la legalidad no les acompaña.
“El gobierno dice que estamos obsoletos, que ya estos circos no los mira nadie”.
El circo no mira a nadie porque ellos son quienes ponen la mirada en todos, en los lugares más alejados y pobres del país, los que quieren ir a entretener. Son 15 días que permanecen en cada sector, este comienzo de mayo los sorprendió en el barrio El Pueblo, de Barranquilla, uno de los barrios más peligrosos de la ciudad, marcado por los policías como zona roja de delincuencia. Parece ser que los anfitriones del circo tienen esta información, a pesar de esto, ellos siguen ahí, cumpliendo el tiempo que ya establecieron.
“Venimos de un caserío de desplazados que queda más a fondo de aquí (El barrio El Pueblo) son 50 casas, nos vinimos antes de tiempo porque no habían muchos para vernos”.
Son las palabras del ayudante estrella de todos, es un indígena, que parece mudo; obtienen sus palabras luego de tantos intentos fallidos, luego toma confianza y habla.
El centro de atención en la función es un niño de 10 años, con una discapacidad auditiva, al que todos los niños reciben con fuertes aplausos, esa noche desmentí el mito que todos repiten sagazmente –Los niños le tienen miedo a los payasos- con este pequeño payaso de estatura y grande de corazón  fue diferente. Se trata de Alinsson “100 pesitos” conocido y presentado así por todos. Vive con su padre en el circo, sueña algún día con estar en las grandes ligas de los circos, haciendo reir a todos.
Se suspende el espectáculo, todos creen que ya se ha acabado.
“Esto apenas comienza amiguitas y amiguitos, disfrutemos todos de un receso y acércate a nuestra tienda”.
Al rincón de la carpa, sobresalía un puesto de ventas: tres mesas de palo y una vidriera. Crispetas, gaseosa, perros calientes, mangos, manzanas acarameladas y  gelatinas de colores, el menú de la noche.
“La venta es a lo que más le sacamos”.
Las boletas son vendidas depende el lugar dónde se encuentren, el precio varía y no son más que $3000, $2000, $1500, $1000, $500 es el estimado. Hacen alarde de no ganar mucho de estos precios, pero sí ganar en las ventas de comidas.
Termina la función con el espectáculo de una maga, Yaneth Rodríguez, conocida en el universo del circo como “Caramelita”, profesa poseer 6 maridos con su mirada diabólica y angelical, sus ojos son azul celeste con un toque de verde claro. Parece ser mala y al mismo tiempo buena y junta su show de “magia” con el de comedia, ya que también cumple este oficio: payasita, maga, pinta-caritas, presentadora y animadora.
“Hasta pronto amiguitos, nos vemos en nuestra próxima función”.
Así culminan todas las  noches sus actividades artísticas: con el desorden y el revuelo de todos los niños.
¿Cómo viven?
Las 4 mini carpas en las que viven 25 personas son agradables. Sus vidas son como las vacaciones de un citadino de vacaciones por el campo, claro en los anfitriones del circo, unas vacaciones permanentes. Sin embargo, a ellos les gusta el ritmo de vida que poseen, gitanos de grandes pasos que no encuentran ninguna división, solo a la hora de cocinar; cada familia fabrica su comida. Y cuando los días son malos, se cocina para todos.
“7 libras de arroz, una paca de huevos y $2000 de aceite cuando los días son malos”.

El Dueño
Desde su nacimiento ha soportado la vida del circo.  Su mirada y su atención me mostraron sus 40 años de vida artística. Víctor López tiene 12 años de tener en su poder el Circo Mágico Santiago de Chile, el que le ha permitido recorrer los lugares más recónditos y vulnerables del país: en las ciudades, barrios marginales, en las poblaciones: sectores golpeados por los flagelos de la pobreza, la violencia, el desamor, la tristeza y la soledad.
“El Morro, Remolino, Caimán, Mico, Barloventos, Fundación, Bayuca, Luruaco, son nuestros lugares favoritos”.
Son los lugares que más recuerda, por la condición en la que viven. El morro, es un pueblo que vive en el agua y que necesitan transportarse en canoa para ir a la tienda, al colegio, a jugar.
“Dios nos permite llevarles diversión a los niños que no la tienen”.
Son 10 hijos que le regaló la vida artística o la vida nómada que siempre ha llevado, todos sus hijos con diferentes madres, son ellas las que los crían, y él vive con la vaga razón de no tener mucha responsabilidad hacia ellos.
-¿Le suple el circo los recursos para mantener a todas sus familias?.
“¡Si!” (Me lo dijo, con cara de no mandarles un peso).
-¿Dónde viven sus hijos?.
“2 en San Islao, Bolívar”.
-¿Los demás?.
“Por seguridad, no le puedo decir”.
Participa de todas las funciones que ofrecen para satisfacer la euforia de un público que no exige otra cosa más que un motivo para exponer una carcajada.
Hace gala también de una función  innata de cada uno de los cirqueros, es la de vivir una vida entregada al sueño de hacer reír a alguien aun cuando el pago de tal satisfacción sea el de acostarse sin comer. Esta característica de los anfitriones se rescata como un suceso admirable en medio de sus vidas errantes.
Aunque no estén seguros hacia dónde se transportarán  mañana, están confiados que se encontraran con otras sonrisas, otros niños y  otras necesidades, mientras ellos viven y disfrutan cada minuto del circo. Donde no les importa sus necesidades, a un lado la familia, al otro sus estudios, al otro sus lujos, coinciden en sembrar y cosechar sonrisas en los más necesitados.


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