LO EXPLÉNDIDO DE UN ANCIANO, LA SONRISA



De repente me sonrió, mientras caminaba a las afueras de mi casa, con lo único que me acompañaba: La soledad. No sabría describir  el estado en el que me encontraba; por lo menos sabía que bien no estaba, de mi rostro brotaban  incontables gotas de lágrimas  como aquella lluvia que cae constante y fuerte; sin norte, sin sur y sin compañía. Totalmente solo.
Era un día de rutina y debía hacer lo que solía hacer. Pero esa mañana fue diferente. Al salir del hogar no me puse los auriculares, no me distraje con el móvil, no sé quise experimentar nuevas situaciones, tal cual como sucedió.
Al momento de coger las llaves procedí a asegurar la puerta: esa que tangmaita rabia hacía coger a mi padre por el estado de óxido que se encontraba, la forcé un par de veces, hasta que por fin… cerró. Inmediatamente, escuché un sonido que llamó mi atención, a continuación miré arriba, veía y escuchaba el gorjeo de las aves quienes mostraban estar muy contentas, no como yo. Seguí caminando, entre árboles, carreteras y carros me confundí. Mientras avanzaba en mi marcha y en lo único que pensaba: irme lejos y escapar de mi realidad, casi tropiezo con un muro que infortunadamente permanecía en la mitad de la avenida. Una niña de voz angelical me gritó: ¡Cuidado, vas a caeeeer! Inmediatamente reaccioné.
Seguí mi caminar, ya con los ojos muy abiertos,  ya con la frente en alto, ya atento de no chocar nuevamente con un seto. Continúe mi andar. Fue ahí cuando me encontré con la persona que cambiaría mi vida para siempre: se trataba de un anciano, pero no cualquiera. Era radiante. De tez morena, como la arcilla; sus ojos, dos esferas lunares, se encontraban en su fase nueva, estos se escondían en sus pequeña y llamativas gafas grises, su corto cabello cobrizo brillaba, igual a aquel metal que cuando pasa por el fuego toma más brillo, más lucidez; nariz fileña y perfilada, me causaba admiración; rostro europeo; cuando de repente me sonrió, observé sus preciosos dientes blancos que nunca olvidaré, cuales labios puros.
Estaba confundida, me preguntaba ¿Por qué me sonreía? ¿Cuál era el motivo? Y él seguía sonriendo y me miraba. Su mirada… su mirada me decía mucho. Me daba entrada en su interior, tal vez a su corazón, o más profundo, a su alma, diciéndome:
Cambia tu rostro, no vale estar triste, muchas son las razones para sonreír. Sonríe.
Aquella sonrisa significó todo para mí. Desde aquel día mi rostro cambió, empecé a sonreír. Tristezas y sonrisas, dolor y sonrisas, soledad y sonrisas.

FIN

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