Ocho en punto
Por: Malorie Jane
Núñez Terán
Como
en un día de monotonía me desperté. El reloj sonaba incansablemente, haciéndose
así odiar por todos en la casa; cada día era el mismo ruido, la misma alarma y
el mismo estrés. Miro mi reloj –Oh no, ocho en punto. Se me hizo tarde—Tarde
para todo lo que tenía por hacer.
Era
la primera semana de mi quinto semestre,
tenía ganas de comerme el mundo por la
ventana del bus en donde voy camino a la universidad, No sé si se trata de lo
primípara que soy, creyéndome vencedora de mis propios logros, y
decepcionándome a la vez por no alcanzar ninguno.
Las
personas a veces se ven rodeadas de sentimientos encontrados; lo vemos a
diario, de repente un día te saludan, otro no, un día te quieren y al otro no,
un día te aman y al otro te odian. Sí, era todo lo que sentía esa mañana. No
sabía si estaba bien o mal.
Ahí
estaba yo, rodeada del tumulto de la gente mezclado con todo el ruido de la
ciudad, de los automóviles, personas, radio, celulares y naturaleza. Todos
combinados creando música, no tan agradable para los oídos, pero a la final era
música y era todo lo que valía.
Cuando
te invaden dos sentimientos al mismo tiempo no hay manera de escapar, esa es tu
realidad. Llegué a la universidad, la primera persona conocida en cruzarme fue
Greys, la directora de prácticas del programa. Me detuvo y me dijo --lleva estos papeles a emisora La Reina y haz allá tus pasantías-. Y
ahora, ¿Cómo se siente una persona que ha estado esperando oportunidades como
esta y le llega en tan solo una mañana antes de una clase? Proseguí a estar
feliz.
Así
es como una persona puede llegar feliz a su primera clase de Crónica
Periodística y tener los ánimos elevados para poder imaginar, crear y escribir…


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